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Al comenzar este año, un voraz incendio forestal arrasó con amplias zonas del condado de Los Ángeles, en California, Estados Unidos. A través de las imágenes, vimos el cielo teñido de rojo por las llamas, una escena sobrecogedora que nos llena de alarma y compasión. El viento, tan feroz como el fuego mismo, esparció brasas incandescentes que encendieron nuevos focos y llevaron las llamas hasta comunidades vecinas, dejando a su paso destrucción y desolación.
Para quienes lo perdieron todo, incluso aquellos que lograron refugiarse con familiares o amigos, o encontraron un techo temporal, la huida apresurada los dejó en medio de grandes necesidades. En momentos como este, lo que podemos hacer es ofrecer ayuda urgente, pero no una ayuda superficial o pasajera, sino un auxilio cálido y significativo, que realmente toque el corazón.
Recuerdo la primera gran misión de ayuda de Tzu Chi tras el incendio ocurrido en 1969 en la aldea Da’nan, municipio de Beinan, condado de Taitung, Taiwán. Tras el paso del tifón Elsie, los vientos cálidos y secos avivaron un incendio que devoró por completo la aldea. En una sola noche, más de 100 hogares fueron reducidos a cenizas y más de 700 personas quedaron sin refugio.
Además de entregar fondos de emergencia, y conscientes de que el crudo invierno se acercaba, en Tzu Chi decidimos invertir 20,000 dólares taiwaneses en mantas con la mejor calidad disponible en el país. No entregamos una manta por familia, sino una por cada dos personas. Lo hicimos con amor y respeto, con la certeza de que quienes sufren merecen recibir lo mejor, para que puedan sentir en sus manos el calor de nuestra compasión.
Hoy sigo de cerca la situación de los incendios forestales en Estados Unidos, reflexionando sobre cómo brindar la ayuda más valiosa. Además de los recursos materiales y humanos, necesitamos avivar una fuerza aún mayor: las oraciones sinceras de todos.
Cuando oramos desde el corazón, nuestras plegarias llegan hasta los Budas y seres celestiales, quienes perciben la gran corriente de amor que fluye por el mundo. Debemos unirnos, con corazones rebosantes de bondad, y convertir ese amor en esperanza. Que juntos logremos aplacar las llamas y devolver la paz a quienes sufren.
Muchos de los afectados llevaban una vida plena y cómoda, pero en una sola noche, el fuego redujo sus hogares y pertenencias a cenizas. Esto nos recuerda una enseñanza fundamental del Dharma: ni la riqueza ni los bienes materiales nos pertenecen realmente. En un instante todo puede desvanecerse en el vacío.
En momentos como éste, ricos o pobres, todos podemos padecer hambre y sed. Y ante el hambre y el frío, no preguntamos quién es rico o quién es pobre; simplemente extendemos nuestras manos y compartimos. Agua, comida, ropa y mantas se transforman en alivio inmediato y en un amor tangible en medio del sufrimiento.
Nuestros voluntarios ya han lanzado campañas de recaudación, pero lo más valioso es el llamado sincero a que todos, desde donde estemos, ayudemos de corazón.
Cada vez que tendemos la mano a quien lo necesita, cultivamos bendiciones. No dejemos pasar esta oportunidad. Cuando alguien atraviesa una gran prueba, debemos ser los primeros en ofrecer ayuda. Y al hacerlo, inspiramos a familiares y amigos a unir sus fuerzas y sembrar juntos un campo fértil de amor y esperanza.
Tzu Chi es una organización budista con un espíritu que abraza a todos los seres, sin distinción de credo o religión. Después de más de 30 años de servicio en Estados Unidos, Tzu Chi debe mantenerse firme presente en esta plataforma internacional, transmitiendo con sinceridad el espíritu de servicio a las enseñanzas del Buda y a todos los seres sintientes.
Los desastres siempre formarán parte de la vida, pero la compasión y la sabiduría que cultivamos al enfrentarlos deben ser un legado que pase de generación en generación.
Hay lecciones profundas que aprender de estos incendios que arrasaron con comunidades enteras. Pero antes de actuar, es vital que todos tranquilicemos nuestras mentes y oremos con verdadera sinceridad. El fuego que enciende los prejuicios, la indiferencia o la división es aún más destructivo que cualquier incendio forestal. Por eso, debemos convertirnos en ejemplo vivo de reverencia y amor sincero. Amar sinceramente es valorar la vida de todos los seres; proteger la vida es, al mismo tiempo, nutrir la nobleza de nuestro propio corazón. Mantengamos nuestros corazones siempre regados por el amor, para que no se sequen ni ardan con la chispa de la ira o el egoísmo.
Los voluntarios de Tzu Chi son Bodhisattvas vivientes. Y los Bodhisattvas no esperan ser llamados; aparecen donde hay sufrimiento. No debemos esperar a que nos pidan ayuda; adelantarnos y extender nuestras manos en cuanto sepamos de una necesidad.
En estos días, los voluntarios de Tzu Chi en Estados Unidos han trabajado incansablemente en la primera línea del desastre. Aunque me duele ver su cansancio, aún más me conmueve su fortaleza. Mi mayor esperanza es que se animen mutuamente, que fortalezcan su fe, su perseverancia y su valentía, y que continúen derramando ese amor incondicional de Bodhisattva sobre cada ser vivo. Cuando pavimentamos el camino con amor, nuestros corazones se entrelazan como uno solo. Y cuando cada pensamiento que cultivamos es bondadoso, sembramos fortuna en cada paso que damos.
En este momento, unámonos y elevemos un llamado al mundo entero: oremos con reverencia, cultivemos la vigilancia y el respeto, adoptemos una dieta vegetariana y oremos juntos por la paz de Estados Unidos y de todo el mundo.
Compilado de las enseñanzas de la Maestra Cheng Yen
Del 10 al 20 de enero de 2025