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Sin camino a casa, sin futuro: La difícil situación de los refugiados haitianos

Haití, una nación empobrecida que ya estaba sumida en la  inestabilidad crónica, cayó en un caos aún mayor tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse el 7 de julio de 2021. El aumento del poder de las pandillas desató una ola de violencia e inestabilidad, obligando a muchos a huir y generando una nueva crisis de refugiados. Foto/Odelyn Joseph, AP (picturedesk.com)

Escrito por Pheel Wang
Traducido y editado al español por Gabriela Barzallo
Editado por Esperanza Balaguer

Publicación #28

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Cuando se encendió la cámara de la computadora, Esther, una refugiada haitiana residente en Minnesota, apareció lista para su entrevista junto al voluntario de Tzu Chi Jason Li y la traductora Nadia Taussaint. (Al igual que con otros refugiados mencionados en esta historia, su nombre ha sido cambiado para proteger su identidad).

Su hijo de cuatro años se movía inquieto alrededor de ellos. Pero como ya estaba familiarizado con los dos voluntarios, pronto lograron distraerlo para que jugara. La entrevista comenzó con una pregunta sencilla: ¿Cuándo llegó a Estados Unidos? Esther dudó, intentando recordar la fecha. “¿2023? ¿O fue… 2022?” Tras pensarlo un momento, se giró hacia Li, que estaba detrás de ella, y le preguntó: “¿Cuándo llegué a EE.UU.?” Él se sorprendió sin poder contener la risa y esbozó una expresión que parecía decir: “¿Cómo voy a saber yo eso?” “¿Por qué me preguntas a mí?”, contestó.  Al darse cuenta de lo absurdo de la pregunta, todos soltaron una carcajada al unísono.

Esther (sentada a la izquierda), ahora viviendo en Estados Unidos, comparte con los voluntarios de Tzu Chi en Minnesota el dolor de su pasado y sus vivencias en Haití, con la esperanza de que su testimonio ayude a generar conciencia sobre las dificultades a las que se enfrentan los refugiados haitianos. Foto/Cortesía de Tzuying Pan

Con el paso de los años, pedir ayuda a Tzu Chi se ha convertido en algo natural para Esther. “Cada vez que necesitaba algo, usaba una aplicación de traducción para escribirle a Jason en chino: ‘Hola Jason, ya no tenemos comida’”, contó que le decía, mezclando su criollo haitiano con un inglés precario. “Lloviera o nevara, Tzu Chi siempre nos traía alimentos frescos”, recordó.

Nadie podía imaginar que nada más llegar a EE.UU, la alegre Esther había sufrido una depresión severa de la que requiere tratamiento a largo plazo. “Asesinaron a mi esposo enfrente de  mí y de nuestros dos hijos. Uno de ellos tenía apenas seis años”, relató con voz baja y sombría. “Tuve que escapar de Haití para pedir asilo, pero mis dos hijos no pudieron venir conmigo. Se quedaron allí… Mi historia es muy, muy oscura…”, lamentó.

Asilo Político Temporal

“‘Oscura’ es, precisamente, la palabra adecuada para describir su vida…”, corroboró Jason Li, encargado de los servicios de caridad en la oficina de Tzu Chi USA en Minnesota, en el medio oeste de EE.UU. Es él quien más contacto ha tenido con Esther. Desde abril de 2023, ha estado entregando cada mes productos frescos a familias como la de ella.

“Cuando conocí a Esther por primera vez, sus ojos estaban llenos de tristeza y desconfianza. Estaba bajo asilo político temporal como testigo”, recordó Tzuying Pan, directora de la oficina de Minnesota. “En ese momento parecía tan frágil como el vidrio, con emociones que podían romperse al menor roce”.

Tengo pruebas de que asesinaron a alguien y estoy muy asustada. No solo mataron a [mi esposo] y se fueron; antes de acabar con él, lo golpearon brutalmente y luego lo balearon. Nadie sabe quién lo hizo, pero yo lo sé. Yo me defendí y me cortaron varias veces.

Esther bajó la mirada y se arremangó, mostrando una profunda cicatriz en el brazo. “¿Ves la marca en mi brazo? También tengo cortes en la espalda. Entraron e hicieron lo que quisieron. Me golpearon y se aseguraron de que entendiera que podían matarme”.

Las cicatrices permanecen en su cuerpo, imposibles de ignorar. Cada vez que las muestra, parece que las viejas heridas se abren de nuevo, sin sangre, pero a ella le hacen derramar silenciosas lágrimas de un dolor insoportable.

El 7 de julio de 2021, el entonces presidente de Haití, Jovenel Moïse, fue asesinado en su propia residencia, dejando al país sin un líder legítimo electo y paralizando las funciones esenciales del gobierno. Las pandillas armadas aprovecharon la oportunidad para expandirse hasta controlar más del 60% de Puerto Príncipe. La violencia se disparó. El sistema judicial y la policía fueron incapaces de mantener el orden, mientras que los sistemas de salud y educación quedaron al borde del colapso.

Entre enero y marzo de 2024, las pandillas lanzaron una ofensiva coordinada para exigir la renuncia del primer ministro interino Ariel Henry, quien huyó del país a finales de febrero. Asaltaron las dos principales cárceles de la capital, lo que permitió la fuga de más de 4.600 presos, incluidos los líderes de los grupos armados. También atacaron el Aeropuerto Internacional Toussaint Louverture, suspendiendo vuelos e impidiendo el regreso de Henry.

Según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), al menos 5.601 personas fueron asesinadas en 2024 a causa de la violencia de las pandillas; otras 2.212 resultaron heridas y 1.494 fueron secuestradas. Uno de los episodios más mortales ocurrió en diciembre de 2024, cuando la temida pandilla Wharf Jeremie perpetró una masacre en Cité Soleil, que acabó con la vida de 207 personas.

La comunidad internacional ha denunciado la creciente situación de alarma ante el agravamiento de la crisis humanitaria en Haití. Agencias de la ONU estimaron que millones de haitianos se enfrentan al hambre extrema y a los desplazamientos. Están en lo cierto, porque muchos de ellos se han visto obligados a huir, lo que ha provocado una nueva ola de refugiados.

Los refugiados arriesgan su vida al huir. El 15 de noviembre de 2022, la Guardia Costera de EE.UU. rescató a 12 migrantes haitianos abandonados por traficantes en los acantilados rocosos de Monito Cay, Puerto Rico, y los entregó a la Patrulla Fronteriza en Mayagüez. Fotos/U.S. Coast Guard Puerto Rico

Esther fue una de las personas afectadas por la violencia. Ella y su actual esposo se conocieron mientras ambos huían de sus respectivos países. Se casaron en Sudamérica, tuvieron un hijo y, más tarde, solicitaron el ingreso a Estados Unidos con la esperanza de reunirse con sus familiares.

Después de llegar a EE. UU., Esther consiguió obtener amparo bajo el Estatus de Protección Temporal (TPS) tras la redesignación de Haití en 2022. El TPS permitió entonces a los haitianos que ya estaban en el país permanecer de forma temporal y solicitar un permiso de trabajo. Una vez cubierta por este estatus legal, podía solicitar asilo, una protección aparte que, si se concede, puede conducir a la residencia permanente legal. Sin embargo, hasta entonces, no tendrá derecho a subsidios o ayudas federales.

“Casi no había recursos. Cuando llegué por primera vez a EE. UU., recibí un cupón de SNAP, que daba un subsidio de 26 dólares al mes, pero solo duró tres meses”, recordó Esther. (SNAP corresponde al programa federal de Asistencia Nutricional Suplementaria).

“No conseguimos el permiso de trabajo de inmediato. Tardó más de un año. Así que mi esposo y yo tuvimos que trabajar ‘por debajo de la mesa’”, contó Esther. Ella ganaba algunos dólares aquí y allá trenzando el cabello de las mujeres negras del vecindario.

Con el tiempo, su esposo logró encontrar un empleo formal, pero los desafíos no terminaron ahí. “Cuando mi esposo finalmente consiguió un trabajo, lo despidieron enseguida”, explicó Esther. La razón fue su limitado inglés que hacía difícil la comunicación y el cumplimiento de las expectativas del trabajo.

Los primeros días de Esther en EE. UU. también estuvieron marcados por las dificultades emocionales. “Necesitaba ver a un psicólogo”, reconoció. Además de sus problemas de salud mental, la logística cotidiana suponía grandes retos.

“Una vez, cuando fui al hospital, pregunté dónde podía aprender inglés. Me dijeron que había clases gratuitas en la comunidad, así que fui”, relató. Pero el acceso a esa ayuda tampoco duró. “No tenía auto y no podía tomar el bus porque no podía leer los letreros en inglés. Después de un tiempo, tuve que dejar de ir”.

Sumadas a todas las adversidades, las limitaciones financieras estaban siempre presentes. “Todo en EE. UU. era tan caro que simplemente no podíamos costearlo”, añadió. Al principio, sus familiares trataron de ayudar, pero con el tiempo el apoyo disminuyó y la pareja tuvo que arreglárselas a solas.

Esther estaba atrapada. No podía volver a Haití y por delante solo tenía una presión abrumadora. No le quedó más remedio que apretar los dientes y seguir.

A veces no había comida en la casa y pasábamos todo el día sin comer, viendo a nuestro hijo llorar de hambre. No había nadie que nos ayudara. Había un banco de alimentos, pero yo no hablaba inglés y no sabía manejar. Solo quedaba Tzu Chi

La ayuda constante aparece en el horizonte

Los voluntarios de Tzu Chi conocieron a Rose Gbadamassi, directora ejecutiva de Haitian Communities of Minnesota, en un asilo de ancianos. “Ella estaba allí cuando fuimos a ofrecer cuidado y compañía”, explicó Tzuying Pan. “Cuando le presentamos Tzu Chi e hicimos lenguaje de señas, se interesó mucho. Tras recibir el alta, comenzó a referirnos casos de refugiados y Esther fue uno de ellos”.

Jason Li, quien supervisa las distribuciones de Tzu Chi en el área, recuerda lo difícil que fue comunicarse con Esther la primera vez que se conocieron. Tuvieron que depender por completo de las aplicaciones de traducción. “No sabía ni una palabra de inglés”, recordó Li. “Ella, su esposo y su hijo vivían en el sótano de un edificio sin teléfono. Era pequeño, oscuro y lleno de olores desagradables. Siempre había alguien fumando marihuana en el edificio, lo que dificultaba la respiración a quien no estuviera acostumbrado al olor. La policía iba continuamente al edificio para hacer verificaciones”.

No solo la vivienda era casi inhabitable; sus circunstancias personales también lo eran. “Cuando le pregunté a Esther cuántas personas había en su familia, rompió en llanto”, dijo Li. “Pensaba todo el rato en sus dos hijos que seguían en Haití. En ese momento, estaba embarazada de su segundo hijo y también estaba en terapia. Abrumada por la tristeza, lloraba todos los días… cuando estaba a punto de dar a luz, tuve un aborto espontáneo”, lamentó.

Li nunca podrá olvidar el mensaje que Esther le envió en septiembre de 2023. “Se me parte el corazón cada vez que lo recuerdo… Había perdido a su bebé y tuvo que quedarse en el hospital tres días. Me escribió no para hablar de lo triste que estaba ni de cómo lidiaba con ello, sino solo para decirme si podía ayudarla. “No puedo pagar la renta”, me alertó preocupada. Ni siquiera tuvo tiempo de llorar su pérdida. Su único pensamiento era cómo mantener un techo sobre su familia, aunque el lugar donde vivían, distara mucho de ser ideal”.

Tras evaluar la situación, Tzu Chi ofreció ayuda financiera a Esther. Finalmente, en diciembre de 2023, un año y medio después de llegar a EE. UU., recibió su permiso de trabajo. Eso cambió las posibilidades de  la familia.

Cada vez que Esther llama, Tzu Chi se moviliza para encontrar recursos. Aquí, voluntarios arman un carrito de compras donado por la traductora Nadia Taussaint, además del mueble de la TV. Foto/Yenchuan Kang

“Esther y su esposo por fin pudieron trabajar legalmente. Se turnaban. Uno en el turno de la mañana y el otro en el de la tarde, porque alguien debía quedarse en casa con su hijo”, explicó  Pan. “Ambos trabajaron duro y, cuando mejoraron sus finanzas, se mudaron a un apartamento mejor”. Por desgracia, la estabilidad resultó ser frágil.

“A mediados de 2024 recibimos otro mensaje, Esther estaba en apuros económicos otra vez. Cuando les visitamos, nos dimos cuenta de que la nueva renta era demasiado alta. Eran 600 dólares más que en el lugar anterior”, explicó Pan.

Durante esa visita, Pan y el equipo se sentaron con Esther para revisar los ingresos y los gastos familiares. Se quedó sorprendida por el resultado. “Se dio cuenta de que, para darle a su hijo un entorno más seguro, se habían mudado a un apartamento mejor, pero sus dos salarios no alcanzaban. Entonces, volvió su depresión”, señaló Pan. Sin embargo, había esperanza. Después de hacer números, Tzu Chi les entregó unos cientos de dólares al mes durante tres meses para ayudarles a saldar parte de la deuda. De lo contrario, habrían tenido que pagar intereses. Cuando venció el contrato, se mudaron a un lugar más económico.

Incluso con empleos estables, los ingresos de la familia eran impredecibles. Esther trabajaba como suplente en un restaurante de comida rápida, donde solo la llamaban cuando otros no podían cubrir sus turnos. Entre ambos, ganaban alrededor de 2.000 dólares al mes, mientras los precios seguían subiendo. “Antes de mudarse, contactó a Jason Li y le dijo que su alacena estaba vacía. Respondimos de inmediato”, contó Pan. Ella y otros dos voluntarios compraron víveres cada uno por su cuenta. “Cuando llegamos a su departamento con la comida, estaban allí  sus familiares y amigos; todos los que la conocían habían recibido su llamada”. Tzu Chi era la única organización presente.

“¡Ha avanzado muchísimo!”, exclamó Pan. “Cuando nos conocimos en 2023, necesitaba traducción para todo. Un año después, Esther ya podía entender y responder en inglés, aunque seguíamos llevando a una traductora como apoyo”. La familia de Esther continuaba luchando contra los contratiempos, mientras que Pan seguía preocupándose por ellos al mismo tiempo que admiraba la perseverancia de la pareja. Les dijo: ‘Nosotros también pasamos por esto cuando migramos a EE. UU. También nos enfrentamos a muchas dificultades. Entendemos por lo que están pasando’. Con el tiempo, eso les ayudó a confiar en nosotros y permitirnos acompañarles”, añadió Pan.

Esther, con su hijo en brazos, considera a los voluntarios de Tzu Chi como familia. La confianza entre ellos refleja el apoyo constante del equipo de Minnesota y los meses de distribuciones regulares de frutas y verduras. Foto/Tzuying Pan

A pesar de la tensión financiera constante, Esther siempre lograba ahorrar un poco para enviar a Haití para la educación de sus hijos. “¡Aunque tenemos tan pocos recursos, sacan buenas notas. Esa es mi mayor alegría!”, señaló. Este año, Esther y su esposo lograron ahorrar 3.000 dólares para comprar un auto usado. “¡Saqué mi licencia de conducir! Ahora tenemos carro, aunque a veces falla. Una vez se nos dañó en la autopista y tuvimos que llamar a una grúa”, dijo riendo y gesticulando animada. No había rastro de desánimo en su voz, solo entusiasmo, por fin su vida avanzaba.

Sé que Tzu Chi hizo todo lo posible para ayudarme a ponerme de pie. No fue todo lo que yo esperaba, pero entiendo que hay muchísimas otras personas necesitadas. Lo que más importó fue su corazón. Nunca lo olvidaré. Me sostuvieron cuando caía y nunca se rindieron conmigo.

Un refrigerador que escucha cantos budistas

En Minnesota, las distribuciones de alimentos de Tzu Chi USA se han convertido en un salvavidas para refugiados de muchos países, incluidos Haití. Sin embargo, el programa nació en medio de la adversidad.

“En 2020, cuando la pandemia arrasó el mundo, la Maestra Cheng Yen y las monjas del Jing Si Abode enviaron a EE. UU. arroz instantáneo, fideos y materiales de protección para extender su compasión. Tras recibir el envío, reunimos alimentos adicionales de supermercados asiáticos locales y comenzamos a organizar pequeñas distribuciones a refugios, escuelas de niños con dificultades y centros que atendían a refugiados mexicanos”, dijo Tzuying Pan. “El 26 de septiembre, realizamos nuestra primera gran distribución en el Templo Tailandés, donde atendimos en su mayoría a miembros de la minoría asiática, llegando a casi 400 familias”.

Tzu Chi Minnesota cuenta con voluntarios y recursos limitados, pero el equipo siempre encuentra la manera de seguir adelante. La misma determinación guía sus repartos de alimentos. “Revisamos las solicitudes de las familias para identificar las necesidades alimentarias y les damos seguimiento por teléfono. También recibimos derivaciones de organizaciones comunitarias locales de personas karen (una minoría étnica de Myanmar) y de haitianos”, recordó Pan. “En noviembre de 2020, lanzamos nuestra primera distribución de productos ‘Love Delivered to Your Door’”, añadió.

“Los voluntarios lo hicieron bien desde el primer intento”, dijo Jason Li, orgulloso de la calidad de las frutas y verduras que distribuyen. “Algunas organizaciones como Second Harvest cargan cajas para que las recojan las organizaciones sin ánimo de lucro. Pero nosotros vamos al banco de alimentos y seleccionamos cada artículo a mano, eligiendo solo lo que nosotros mismos estaríamos dispuestos a comer. Revisamos las fechas de caducidad y evitamos lo viejo. Toma tiempo y energía, porque estamos en cuclillas, buscando como cazadores de tesoros”. “El almacén refrigerado está helado”, agregó el voluntario Yann Khan. “Tenemos que usar abrigos para evitar quemaduras por el frío, o sacar todo y ponernos en el piso a escoger”.

Cada mes, un equipo multigeneracional de voluntarios de la oficina de Minnesota de Tzu Chi USA visita el banco de alimentos local para seleccionar productos frescos, los transporta a otro sitio para empacarlos y luego los entrega a unas 50 familias. Foto/Oficina de Tzu Chi USA Minnesota

Pero había otro problema. Al no existir un centro de servicios de Tzu Chi en Minnesota, ¿dónde podían almacenar y empacar todos los productos frescos? Pan ofreció su propia casa: usarían el garaje como almacén principal y la entrada para empacar. “En invierno no había problema, porque, al ser Minnesota tan frío, podíamos almacenar todo en mi garaje y se mantenía fresco. Pero en verano, necesitábamos un refrigerador”, señaló.

“Realizamos nuestra distribución el tercer sábado de cada mes, pero como el banco de alimentos cierra los sábados, tenemos que recoger los productos frescos dos días antes. En una ocasión, cuando el banco de alimentos se enteró de que la mayoría de las familias a las que servíamos eran asiáticas, nos preguntaron si queríamos una gran cantidad de cilantro sobrante. Al rechazarla por falta de espacio en el refrigerador, se sorprendieron. “‘¿Hacen distribución de alimentos sin una nevera grande?’”, preguntaron. Pan sonrió al recordar que tras la cuestión se pusieron manos a la obra para conseguirles una nevera comercial de segunda mano.

El 15 de julio de 2021, llega a la casa de Tzuying Pan un gran refrigerador comercial. Como es demasiado alto, hay que inclinarlo de lado para moverlo hasta el garaje. Fotos/Tzuying Pan

Para Pan, esta “historia del cilantro” no trata de refrigeradores, sino del funcionamiento de la compasión y la conexión kármica. “Fue como bodhisattvas juntándose como las nubes”, comparó, usando una frase habitual en Tzu Chi para describir cómo la ayuda llega justo cuando más se necesita. Como si los seres compasivos respondieran de forma natural al sufrimiento en cuanto aparece. “En invierno, los supermercados asiáticos incluso nos permiten usar sus almacenes mayoristas para guardar vegetales y usar su espacio para empacar. Hace demasiado frío para trabajar en el garaje o en la entrada, así que podemos hacerlo todo dentro de la tienda”, agregó.

La oficina de Minnesota de Tzu Chi USA ahora también acepta casos derivados por el hospital del condado y atiende a refugiados afganos. En promedio, ayuda a unas 50 familias cada mes. La distribución exige un gran esfuerzo en cada paso, desde la compra y el empaque hasta la entrega en los hogares de los beneficiarios. Aunque la oficina solo cuenta con una decena de voluntarios regulares, todos mantienen la determinación de continuar esta labor y suelen encontrar soluciones innovadoras a medida que surgen dificultades.

El reto constante es mantener frescos los alimentos donados. “El refrigerador no se ha portado bien últimamente. Tenemos que vigilar la temperatura. Cuando la comida llega el jueves, lo encendemos e inmediatamente empezamos a recitar cantos budistas. ¡Lo hacemos de verdad! Si no, baja de cero y la comida se congela”, dijo con una sonrisa el voluntario Khan. Para asegurarse de que los necesitados reciban frutas y verduras frescas, estos voluntarios recurren a todas las estrategias que se les ocurren. “Hay que agradecerle, hablarle y pedirle ayuda. ¡Funciona de verdad!”, añadió Khan, en referencia al refrigerador.

Se requiere un compromiso inquebrantable y mucho corazón para apoyar a los desplazados. Algo que los voluntarios de Minnesota encarnan con su perseverancia para encontrar recursos y soluciones. Así como su experiencia en la ayuda a los refugiados que se enfrentan a desafíos cada vez más abrumadores.

Frente a la Incertidumbre

“Últimamente hemos notado que la calidad y la cantidad de lo que recibimos del banco de alimentos se ha vuelto cada vez más inestable”, anunció Tzuying Pan con preocupación. “El banco de alimentos de grandes mayoristas como Costco. Solo reciben lo que donan las empresas. En los últimos meses, los productos ya no llegan tan frescos como antes. Parece que han estado almacenados durante mucho tiempo. Antes solíamos tener sacos grandes de col o rábanos para elegir, pero ahora muchas veces solo hay unos pocos”. alertó.

La incertidumbre también se ha agravado por las recientes tarifas comerciales. Con los nuevos impuestos a las importaciones ejerciendo más presión sobre el comercio internacional, muchas compañías han subido los precios por adelantado y algunos envíos de carga se han visto interrumpidos, afectando a la cadena de suministro en EE.UU. y provocando escasez y el aumento de los precios.

Aun así, Pan y su equipo se niegan a bajar los estándares de las distribuciones de Tzu Chi. “Ahora tenemos que ir a otros supermercados a comprar productos frescos y es evidente que todo se ha encarecido. Por suerte, los supermercados asiáticos saben que hacemos trabajo de caridad y nos dan un descuento”, señaló.

Más allá de las tarifas, los cambios en la política migratoria de EE.UU. en 2025 han traído nuevos temores y dificultades para los refugiados que habían ingresado legalmente en el país en años anteriores.

“Cuando estaba en Haití, tenía miedo de salir; siempre se escuchaban disparos afuera. Pero después de venir aquí, he empezado a preocuparme cuando mi esposo sale a trabajar porque nunca sé si lo detendrán los agentes de inmigración y lo deportarán”, dijo Maranda con voz llena de desesperanza. “Esta no es una vida normal”, lamentó.

Maranda [seudónimo] es otra refugiada haitiana apoyada por Tzu Chi. Recorrió República Dominicana, Nicaragua, Honduras y Guatemala antes de llegar finalmente a Ciudad de México. Tras más de cuatro meses de espera allí, logró ingresar a EE.UU. de forma legal por un puerto de entrada de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza en Texas, para después trasladarse a Minnesota a vivir con los familiares de su esposo. Se estaba preparando para solicitar el Estatus de Protección Temporal (TPS), pero los recientes cambios en la política migratoria han complicado ese camino.

En mayo de 2025, la nueva Administración estadounidense redujo las protecciones humanitarias, incluyendo algunas designaciones de TPS, lo que dejó en riesgo a muchos refugiados ya presentes en el país. Al mes siguiente, el Departamento de Seguridad Nacional anunció el fin de la designación de TPS para Haití —dejando a miles de haitianos en el limbo—. Esta decisión fue paralizada por un juez federal de California y se encuentra pendiente de apelación ante un tribunal superior, lo que retrasará un tiempo indefinido la aplicación o no de las restricciones. Para solicitantes como Maranda, el futuro sigue siendo incierto. Mientras tanto, para Esther, quien vive en EE.UU. bajo el TPS desde 2022, su estatus y su permiso de trabajo ahora están en riesgo y la amenaza de deportación se cierne sobre ella.

Después de llegar a EE.UU., lo que más me gusta es la sensación de seguridad. En Haití, la policía no viene y a nadie le importa si hay cuerpos en la calle. Nadie sabe quién lo hizo y ni siquiera acude la ambulancia… Ahora mi mayor deseo es que mis dos hijos puedan salir de Haití, pero la política de EE.UU. no es clara. No puedo solicitar que vengan y no podemos protegernos.

Esther habló con suavidad y sin lágrimas durante toda la entrevista. Los tres voluntarios de Tzu Chi, con sus uniformes, se situaron detrás de ella como ángeles de la guarda. La traductora Nadia Taussaint le sostenía la mano y la escuchaba. En cuanto Esther terminó de hablar, Taussaint, de manera inesperada, empezó a llorar. “Oh… Dios mío…”, murmuró, antes de continuar la traducción entre lágrimas.

“Yo estaba en el lugar más oscuro. Cuando sufrí el aborto espontáneo, no sabía qué hacer para mejorar las cosas. Pero ellos me trajeron comida, ayuda financiera, jabón para los platos, artículos de primera necesidad… Tantas veces pusieron dinero en un sobre para que mi familia pudiera superar ese momento tan difícil. Solo Dios podría organizar algo así. Estos voluntarios son como personas de otro planeta lejano y, gracias a Dios, nos conectamos. Estos desconocidos entraron en mi vida y me trajeron luz, me trajeron esperanza…”, narró. 

Cuando Esther terminó y Taussaint concluyó la traducción, la sala se quedó en calma. Todos se abrazaron. Hubo lágrimas de dolor y gratitud, junto con un sentimiento compartido de aliento y solidaridad. Todos compartieron un momento de silencio que dijo más que cualquier palabra.

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