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De la cocina al corazón: Programa de voluntarios da esperanza a refugiados de Ucrania

Adaptado al español por: JuanMa Bonilla

Publicación #19

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Voluntarios de Tzu Chi comparten la sabiduría de los Aforismos Jing Si con los asistentes que participan en las actividades del centro médico de Tijuana. Foto/Jingyi Li

Cuatrocientos días desde el estallido de la guerra Rusia-Ucrania

Los rayos de sol de Varsovia, Polonia, se cuelan por una ventana e iluminan cálidamente un cuarto de cocina. Dentro, hay una estufa en donde se pueden apreciar unas cerezas grandes que se cocinan en azúcar, listas para convertirse en una deliciosa mermelada color vino. Más de una docena de refugiados ucranianos se juntaron alrededor de una mesa en la cocina de la oficina de Tzu Chi en Varsovia. Todos dividieron una masa y la enrollaron en una corteza fina y redonda mientras compartían detalles de sus recetas familiares de varenyky ucraniano, un platillo tradicional de Ucrania.

Refugiados ucranianos se divierten en el Club Varenyky propuesto por la voluntaria ucraniana de Tzu Chi Hanna Mankus. Foto/Voluntarios de Tzu Chi Varsovia

“Cuando los adultos mayores vienen al Club Varenyky, se vuelven como niños viendo quién tiene el mejor juguete. Estos adultos se comparan entre sí para ver qué familia tiene la mejor receta de varenyky. Verles olvidar su sufrimiento y estar contentos es una sorpresa que no esperaba cuando propuse este proyecto por primera vez”, dice una voluntaria sonriendo.

Los voluntarios ucranianos de Tzu Chi, entre ellos Hanna Mankus, rellenaron los varenyky con jalea, dándoles formas redondas o de medias lunas. Los voluntarios podían percibir el orgullo absoluto en sus palabras, siendo una forma de apoyo espiritual durante más de 400 días desde que fueron desplazados de sus hogares. Mientras preparaban este manjar ucraniano a mano, se sintieron transportados a su vida antes del conflicto, cuando podían entrar en la cocina y batir varenyky salados y dulces a petición de sus ansiosos nietos, un ritual familiar que pensaban que nunca cambiaría.

Estas cerezas cubiertas de azúcar, enfriadas en una salsa después de hervirlas, son un relleno dulce y único para los varenyky ucranianos. Foto/Tzu Chi Voluntarios de Varsovia
Cada familia ucraniana tiene una receta casera única de varenyky. Foto/Tzu Chi Voluntarios de Varsovia

Varenyky hecho con amor

“Cuando estalló la guerra, los ancianos solían encontrarse en la situación más difícil, con barreras lingüísticas y problemas de salud”, explica Hanna, cuyo corazón está con estos abuelos que tuvieron que huir a un país extranjero y continúa: “En Ucrania es mucho más fácil ver a un médico; solo tienes que llamar y pedir cita, y te atienden al día siguiente. Pero aquí, puede que tengas que esperar seis meses, incluso un año, para conseguir cita con un especialista, lo que es una locura, y no saben cómo comunicarse con el personal médico.”

Todos habían renunciado a la idea de volver a su país y comprendieron que estarían mucho tiempo en Polonia donde todo es tan diferente. Los refugiados tuvieron que orientarse poco a poco. Muchos de los adultos mayores estaban aterrados de salir de sus casas de acogida.

No sé si le caigo bien a la familia polaca que me acoge, o si soy una intrusa. Tengo miedo que un día me pidan que me vaya.

Refugiadas ucranianas mayores cuidan su salud física y mental haciendo varenykys de distintos sabores en el programa de mediano y largo plazo de Tzu Chi. Foto/Voluntarios de Tzu Chi Varsovia

Este largo período de ansiedad, miedo y soledad ha causado que los adultos mayores desarrollen depresión. Debido a esto, Hanna propuso establecer el “Club Varenyky” a finales de septiembre de 2022. La idea era invitar a estos adultos mayores refugiados a la oficina de Tzu Chi en Varsovia cada viernes a cocinar varenyky. Ahora, esta actividad se realiza como parte del plan de acompañamiento de mediano y largo plazo para refugiados ucranianos de la región.

Unos adultos mayores se dividen el trabajo mientras otros se dedican a enrollar la masa. Foto/Voluntarios de Tzu Chi Varsovia
Ancianos socializando y hablando de sus familias. Foto/Voluntarios de Tzu Chi Varsovia

“La cuestión era si los adultos mayores estarían dispuestos a salir y participar en actividades. Al principio, nadie pensó que fuera a funcionar, pero yo no le di demasiada importancia, así que movilicé a todos: comprando, preparando e invitando. Empezamos con siete miembros, y ahora contamos con más miembros y más de 20 reuniones sin interrupción. Los apodamos “Varenykistas”, y esperan con entusiasmo nuestras reuniones semanales. Poco a poco, los miembros empezaron a organizar encuentros por su cuenta, yendo a los parques a charlar o a pasear”, cuenta Hanna, voluntaria de Tzu Chi encargada de la actividad.

El Club Varenyky no sólo dio a los refugiados ucranianos mayores el valor de acercarse, sino también la confianza para volver a relacionarse con otros. El 80% de los platillos varenyky se vendieron con fines benéficos, y los voluntarios polacos los compraron para promocionarlos en el sitio web. “Tenemos varenyky de todos los sabores, con col, queso frito, cebollas y champiñones fritos, puré de patatas y salsa de frutas; ¡los que llevan guindas son nuestra especialidad! La mayoría de los polacos no han probado nunca los varenyky de guindas, y se quedan asombrados de lo buenos que están. Los ingresos de la venta benéfica se destinan a los miembros del club. No es mucho, pero se lo ganan con sus propias habilidades, lo que les da una sensación de logro”, agregó Hanna.

El 20% de los varenyky se dona a las familias de acogida de Tzu Chi, que no pueden permitirse el lujo de una bolsa de varenyky de su ciudad natal, ya que no pueden trabajar o pasan apuros económicos. “Hicimos fotos de cuando entregamos los varenyky a estas familias, y luego volvimos para enseñarles a los miembros del club y compartir con ellos las experiencias de las familias. Los miembros del club se sintieron muy aliviados al saber que su tiempo sigue teniendo sentido porque pueden llevar alegría a los demás”.

La vida sin propósito es triste, y hacer varenyky ha dado sentido a la vida de estos refugiados mayores.

Voluntarios ucranianos, entre ellos Hanna (abajo a la izquierda), hacen reír a los ancianos y a las familias de refugiados. Foto/Voluntarios de Tzu Chi Varsovia

Con un espíritu indomable

“Recuerdo que llevé a mi hijo en el tren, había 18 personas en el vagón, unas de pie y otras sentadas. En el trayecto, pasamos por zonas que estaban siendo bombardeadas por el ejército ruso con el cielo pintándose de rojo. Estábamos aterrados, no había escapatoria. ¿Adónde íbamos a ir? Solo podíamos escondernos y rezar”. Hanna, una profesora de inglés que escapó por el miedo, se dio cuenta que Tzu Chi quería reclutar a ucranianos que hablaban inglés para trabajar como traductores en Varsovia. Ahora, Hannah es voluntaria de Tzu Chi y da clases de inglés a voluntarios ucranianos para dar apoyo a mediano y largo plazo. “Pensé que la guerra iba a durar unas semanas, un par de meses a lo mucho, y podríamos regresar a nuestros hogares, pero no… Gracias al programa de Tzu Chi Dinero-Para-Ayuda, tengo la fuerza para quedarme en Polonia más tiempo”, dijo Hanna.

Sin embargo, no todos han tenido suerte de encontrar trabajo. De acuerdo a estadísticas del gobierno polaco, a partir de marzo de 2023, 1.4 millones de refugiados ucranianos han decidido quedarse en Polonia. Por otro lado, una encuesta hecha por el Consejo Noruego de Refugiados descubrió que el 70% de refugiados ucranianos en otros países—la grán mayoría mujeres y niños—están por debajo de la línea de pobreza. Shu Wei Chen, una voluntaria de Tzu Chi de Alemania que fue a Lublin, comenta que el costo de vida en el este de Europa es bastante alto por lo que muchos refugiados deciden quedarse en Lublin. Muchos de estos refugiados son madres evacuadas con sus hijos enfermos lo que hace sus situaciones aún más compleja.

Muchas organizaciones sin fines de lucro se han retirado; entraron al principio de la guerra, pero sus recursos también son limitados porque los suministros, el agua y la electricidad han subido demasiado este año, y depender sólo del gobierno local polaco no es suficiente.

Desde mayo de 2023, los refugiados que se han quedado en Polonia por más de 180 días en hoteles y apartamentos van a tener que pagar el 75% del costo de su estadía, lo que equivale a $14 por día. Las personas que están exentas de este pago son los niños, adultos mayores jubilados, familias pequeñas, familias con niños menores de 12 años y personas con problemas financieros.

El hospicio Little Prince en Lublin alberga a más de 20 familias de refugiados con niños enfermos. Muchos de estos niños que tienen problemas respiratorios deben respirar con la ayuda de respiradores y siempre tener a un familiar presente. Hay niños con discapacidades que son acompañados por sus madres; otros con autismo o que han sufrido emocionalmente por la guerra. La situación de estas familias se ve agravada por el hecho que el hospicio ya no puede mantener los costos de proporcionar un servicio gratuito debido a la inflación.

Voluntarios visitan el hospicio infantil Little Prince para proporcionar pañales y cuidados de larga duración. Foto/Shu Wei Chen
Las lavadoras donadas por los voluntarios reducen enormemente la carga física de los cuidadores. Foto/Shu Wei Chen

“Al inicio de la guerra y al comienzo de nuestra distribución, conocimos a un grupo especial de madres, algunas de las cuales llegaron con sus hijos enfermos a recibir tarjetas de supermercado. Unas madres no pudieron llegar a la distribución porque tenían niños paralizados en camas, así que las madres nos preguntaron si podíamos llegar al hospicio a entregarlos”. Así fue como Shu Wei Chen y otros voluntarios de Tzu Chi de países europeos y estudiantes internacionales de Lublin, llegaron y se percataron de los retos de estas madres. Los voluntarios donaron lavadoras y pañales. El padre encargado del hospicio solicitó ayuda de Tzu Chi esperando que la fundación proporcionara un subsidio y equipo médico.

Voluntarios entregan 1.000 zlotys a cada familia, así como tarjetas con el aforismo Jing Si en ucraniano y polaco. Foto/Shu Wei Chen
El 22 de febrero de 2023, los voluntarios visitan de nuevo el Hospicio Infantil Little Prince para aportar los fondos necesarios. Foto/Shu Wei Chen

Shu Wei Chen y su esposo alemán Rudi Willi Pfaff, se han encargado de cuidar de los refugiados en Serbia desde 2016. Su experiencia ha ayudado a comprender el sufrimiento de estas familias y la crueldad de la guerra. “Cuando mi esposo murió de cáncer, estando en la unidad de cuidados intensivos me dijo que quería que continuara mi labor con Tzu Chi. Poco después de su muerte estalló la guerra ruso-ucraniana y la Maestra Cheng Yen me pidió que fuera a ayudar a Polonia”. Esta ama de casa de 64 años, recientemente viuda, se olvidó de su dolor y dejó Alemania con todos sus años de experiencia y la bendición de su marido. Tras nueve horas de viaje, se convirtió en la primera voluntaria europea de Tzu Chi en entrar en Polonia. “La mayoría de los que escaparon eran mujeres con niños. Me sentí muy bendecida al verlos. Mi marido tenía cáncer en fase cuatro, así que estaba preparada para su muerte. Pero ellos no. Tenían niños pequeños, y quizá hoy o mañana, podrían recibir la noticia de que sus maridos habían muerto en el campo de batalla. Por eso, estaba agradecida de estar con estas mujeres. Estoy muy cansada, pero no pienso en las dificultades que encontraré; sólo pienso en hacer todo lo que pueda”.

Voluntarios de Tzu Chi europeos llevan mucho tiempo atendiendo a refugiados de varios países en Serbia. En la foto, los voluntarios Shu Wei Chen (segunda a la izquierda) y Delu Fan (delante a la derecha) llevan mochilas y material escolar nuevo a los niños refugiados del campo de Krnjaca. Foto/Suzhen Wang

Al llegar a Lublin, Shu Wei Chen trajo su espíritu indomable visitando las oficinas de Caritas todos los días. Al principio, Tzu Chi y Caritas no se conocían bien y había una barrera lingüística que impedía la comunicación. Ahora, sin embargo, ambas han superado las barreras y Caritas considera a Tzu Chi como familia y trabaja juntos en la ayuda de emergencia a larga escala de medio y largo plazo. Caritas se enfoca en ayudar a los ancianos y a familias vulnerables. “Distribuimos suministros a ancianos y personas con problemas de movilidad tres o cuatro veces al mes. Estudiantes internacionales y voluntarios de Caritas llevan los suministros directamente a sus casas. Pronto volveré a Lublin. La ACNUR, tras ser testigo de nuestra cooperación con Caritas, ahora quiere que ampliemos nuestra distribución a los refugiados adultos mayores de los alrededores de Lublin, así que aceleramos nuestros esfuerzos para formar a más estudiantes internacionales locales que se unan a los voluntarios”.

Voluntarios en Lublin distribuyen arroz, aceite, avena, mermelada de fresa, pepinos encurtidos, leche, huevos, pasta, pan, peras y manzanas. Foto/Voluntarios de Tzu Chi en Lublin
Tzu Chi colabora con 11 organizaciones internacionales atendiendo a más de 80,000 refugiados en un año, desde ayuda de emergencia hasta seguimiento a medio y largo plazo. La foto muestra una distribución de ayuda en colaboración con Caritas el 17 de marzo de 2023, de la que se beneficiaron 172 personas. Foto/Voluntarios de Tzu Chi en Lublin.

Cada viaje a Lublin es una expedición, y los viajes de este último periodo han causado problemas en la columna vertebral y el talón de Shu Wei Chen, pero pase lo que pase, seguirá recorriendo este camino junto a los ucranianos que necesitan ayuda.

La guerra es cruel con la gente inocente. Estamos aquí para ayudar, con la esperanza de que puedan entender que no sólo existe la crueldad de la guerra, sino que hay gente que se preocupa por ellos.

Para atender a los refugiados ucranianos, Shu Wei Chen (centro) vivió en Polonia durante 180 días viajando entre Polonia, Alemania y Serbia. La foto muestra a Shu Wei Chen interactuando con familias en el Hospicio Little Prince. Foto/Peiling Lu

Ponle nombre a tu barco

Al primer aniversario de la guerra, Hanna regresó a su ciudad natal en Zaporizhzhia, Ucrania. La ciudad no está lejos de Mariupol y Donetsk, ambas zonas fuertemente bombardeadas por las tropas rusas, con habitantes escapando en busca de refugio. Cuando volvió a pisar las calles de su ciudad natal, en lugar de la emoción esperada, Hanna se sintió confundida: “Todo era extraño, todas las ventanas de los edificios estaban vacías, el aire estaba lleno de olor a guerra, era de día, y no había nadie por las calles, ni niños jugando fuera. Mi casa había sido prestada a refugiados de otras ciudades, y los muebles y todo lo demás había sido trasladado e instalado de nuevo. Por supuesto, estuve de acuerdo”.

Hanna, de vuelta en su ciudad natal, encuentra las calles vacías y las ventanas de los edificios rotas o selladas con tablas de madera. Foto/Hanna Mankus
Muchas mujeres, como Hanna, se separaron de sus familias porque a sus maridos no se les permitía salir del país debido a la ley marcial. Foto/Hanna Mankus

Tras unos días de visita, Hanna regresó a Polonia decidiendose quedar en Varsovia por la seguridad y la educación de sus hijos. Cuando le preguntaron qué era lo que más echaba de menos de Ucrania, pensó un momento antes de responder con seriedad: “Lo que más echo de menos es levantarme cada mañana e ir a la nevera y ver que hay dentro para preparar el desayuno”. Hanna y sus hijos viven ahora en un monasterio católico, donde les proporcionan todas las comidas. Aunque agradece la generosidad de todas las organizaciones, por supuesto, no puede evitar echar de menos los viejos tiempos de independencia.

“Si tuviera algo que decir a mis conciudadanos, sólo esperaría que esta guerra hiciera que todo el mundo fuera mejor, no peor. Ahora las familias y los ancianos hacen obras de caridad con nosotros, cómo hornear frutos secos para enviarlos a las zonas de guerra de Ucrania donde escasean los suministros, a los ancianos y a los niños que no pudieron escapar.”

Una viñeta ucraniana dice que tu barco navega dependiendo del nombre que le pongas—así que no soy una refugiada, soy una voluntaria.

Cuando el agua estaba hirviendo y los varenyky habían terminado de cocinarse en la olla, los voluntarios sacaron las golosinas y una abuela tomó el relevo. Con la cabeza inclinada, la abuela untó cada varenyky con crema o con cebollas prefritas y yogur preparado. Estos varenyky ucranianos reconfortaron a todos y alimentaron los corazones que habían perdido la alegría, dándoles un poco más de fuerza.

El programa de medio y largo plazo de Tzu Chi ha dado a mujeres y ancianos, incluida la abuela Nina (de rojo, en primera fila), el valor para seguir adelante. Foto/Voluntarios de Tzu Chi Varsovia

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